Por David Jáuregui

20 de mayo de 2020

Un oscilador es un aparato que produce corrientes oscilatorias (valga la redundancia), es decir, ondas electrónicas que van de arriba abajo. Además, permiten convertir la energía eléctrica en frecuencias radiofónicas. 

Silver Apples es el primer grupo que utilizó osciladores como instrumentos. Normalmente pensados para usarse en radio y telefonía, los osciladores habían permanecido hasta 1967 fuera de la música. Fue Simeon, fundador y líder del dueto Silver Apples, quien experimentó con los osciladores para la creación sonora y, con ello, se volvió uno de los fundadores menos reconocidos de la música electrónica. 

La historia de la música electrónica reconoce como creador indiscutible al grupo alemán Kraftwerk, que lanzó su primer álbum en 1970. Sin embargo, voces recientes han abogado por cuestionar ese trono, frente al hecho de que Silver Apples ya había publicado dos álbumes con osciladores y, sobre todo, perfectamente clasificables como “música electrónica” (Silver Apples, de 1967 y Contact, de 1969).

Por ello, Silver Apples es considerada en ciertos ámbitos de culto como “adelantada a su tiempo”. Hago especial énfasis en esas palabras no para exaltar a la banda (aunque lo pueda merecer), sino para hablar ellas, las palabras, como en todo munchip⚡. 

Bandas como Silver Apples son ungidas todo el tiempo. Se habla de la innovación musical en términos temporales por necesidad lingüística, por supuesto: la noción de lo nuevo necesariamente implica algo anterior, algo viejo, y por lo tanto también asume la existencia del tiempo. Hablar de la innovación sin reconocer el paso de los días es ontológicamente contradictorio. 

Pero además está la idea de ir un paso adelante, de que el orden de llegada de cierta manera vuelve “mejores” a los artistas. Este ánimo cronologista que subyace en muchas críticas ―“adelantada a su época”, “vio el futuro”, “siempre un paso adelante”―, sin embargo, más que servir para “ordenar” los méritos de los artistas, en realidad termina reforzando la vieja idea de que el arte es competencia. 

Ante el reciente reconocimiento que ha tenido Silver Apples, han surgido voces que ponen en duda el trono de Kraftwerk como fundadora de la música electrónica. Argumentan que los primeros se adelantaron y comenzaron a utilizar los osciladores años antes que los alemanes.[1]

El mérito del arte no sólo se asigna por lugar de llegada, sino también por el impacto de la creación. La cronología, incluso, se puede supeditar a la recepción: ¿darle más peso a que se usó primero tal o cual instrumento, o a que el género naciera y se multiplicara?

Más aún, eso de “estar adelantado a su tiempo” sólo es evaluable a posteriori: en el presente no se puede saber quién vino después simplemente porque no ha sucedido. También puede ser contradictorio hablar de pioneros o fundadores y, al mismo tiempo, de personas adelantadas a su tiempo. El momento es de quien instaura la vanguardia. 

William Butler Yeats cierra su poema La canción de Aengus errante ―el cual inspiró el nombre de Silver Apples― con los siguientes versos: 

Aunque ya estoy viejo de vagar

Por tierras bajas y tierras montañosas,

Descubriré dónde se ha ido,

Y besaré sus labios y tomaré sus manos;

Y caminaré por la larga yerba de colores,

Y cogeré hasta el fin de los tiempos

Las plateadas manzanas de la luna,

Las doradas manzanas del sol.

El arte probablemente siga las mismas reglas. La única persecución válida termina siendo íntima y solitaria: uno mismo en busca del oro y la plata, pero sin reparar en las manzanas ajenas.

[1] Por ejemplo, Íñigo López Palacios, “La extraña historia de los pioneros de la electrónica”, en El País, 6 de noviembre de 2014. 

[2] William Butler Yeats, “La canción de Aengus errante”, trad. Juan Zapato, en La Torre de Babel, entrada del 22 de octubre de 2012.