Por Gerardo J. Levy

6 de abril de 2022

Decidí ir hacia el norte de la ciudad, sobre la ciclovía de Insurgentes. Era temprano, como las 7 de la mañana. Si viajas en bici, siempre hay que tener cuidado, entre otras cosas, de los taxistas y los vehículos lujosos. Ambos son iguales, ninguno respeta los semáforos, ni las reglas viales. Unos se sienten con poder y otros dueños de la calle: te avientan el carro, ocupan dos carriles, no respetan los semáforos ni a los peatones, mucho menos a las bicicletas… Franqueé el WTC, después Viaducto. Del lado derecho, la colonia Roma y el medio círculo de la Glorieta de Insurgentes. Atravesé la Zona Rosa del lado izquierdo, crucé Reforma. A la derecha observé de lejos el Monumento a la Revolución, me dirigí hacia él.

El Monumento a la Revolución se encuentra en la Plaza de la República, colonia Tabacalera. Mide 67 metros de altura, tiene 4 estatuas en sus cuatro pilares y siempre hay grupos políticos manifestándose en su explanada, así como muchos homeless. En sus inicios sería uno de los palacios legislativos más lujosos, pero las grandes sumas de dinero que requería su construcción, los hundimientos del subsuelo en la zona, el inicio del movimiento revolucionario en México y el final del Porfiriato, decidieron otra cosa.  

Tomé algunas fotos con mi celular, respiré, y regresé por Insurgentes hacia el sur. Pasé por la estación de bomberos y en la Glorieta de Insurgentes me dirigí a la Condesa. Hace mucho tiempo que no recorría esa colonia. Mi primer trabajo fue en un despacho de diseño gráfico, en la Avenida México, en un edificio donde las ventanas mostraban el parque México, extraordinaria vista… La primera vez que llegué a ese despacho a pie había recorrido la avenida Ámsterdam varias veces. Era un déjà vu, llegaba al mismo lugar. Parte de mi ignorancia fue no saber que Ámsterdam era un óvalo, nunca iba a salir de ahí, como un ratón encerrado en un laberinto, como la vida es a veces… Llegué de traje, con una muy buena recomendación (del jefe de jefes, en ese momento). A pesar de no tener experiencia, sí me dieron el trabajo; por supuesto, la recomendación había influido mucho. Mi jefe, una persona neurótica, hiperactiva, perfeccionista, workaholic, ansioso, nervioso, histérico, intranquilo, gran diseñador y muy profesional, me advirtió que si regresaba de traje no me dejaría pasar. Esto fue debido, claro, a que los diseñadores deben vestir casual y con desenfado.

Manejé sobre la avenida Nuevo León hacia el sur. Cuando me incorporé a Insurgentes, un taxista se pasó el alto. Casi me pega. Le menté la madre, a huevo. Me la regresó con el claxon y con el brazo de fuera… Por ese descuido no alcanzó a frenar y le pegó a un coche, uno pequeño y rojo. Inmediatamente se bajó un señor fornido que vestía una camisetita que remarcaba los músculos de todo su cuerpo. No pude ver que pasó después, mi camino no era por ahí.